Un formato sencillo para medir conocimientos, ritmo y errores sin convertir la prueba en un juicio.
El simulacro es una herramienta de reparto
Un simulacro semanal no tiene que ser enorme para ser útil. Su función es decirte qué bloques están disponibles, dónde aparecen confusiones y cuánto tiempo te lleva decidir. La nota importa, pero la decisión que tomes después importa más.
Antes de empezar, prepara una condición concreta. Puedes observar si mantienes el ritmo, si lees bien los enunciados o si una mezcla de temas te descoloca. Apunta esa condición y no la cambies a mitad de prueba.
Corrige por motivos
Separa los errores de conocimiento, confusión, ejecución y estrategia. Un fallo de conocimiento necesita una vuelta a la fuente. Una confusión necesita comparación. Un error de ejecución necesita practicar el formato. Uno de estrategia necesita una regla para la siguiente prueba.
Revisa también las preguntas acertadas con dudas. Si una respuesta salió por descarte inseguro, cuenta como información. Marca qué dato habría confirmado tu elección y crea otra pregunta que lo pida de forma distinta.
Cambia una sola cosa
Si el simulacro sale mal, no cambies toda la planificación. Modifica una variable: el orden de los bloques, el tiempo de una sección, el número de preguntas o el repaso previo. Así sabrás qué ajuste ha tenido efecto.
Si sale bien, tampoco supongas que todo está resuelto. Repite la condición en otra semana y comprueba si el resultado se sostiene. El progreso se ve en la estabilidad, no en una única tarde.
Cierra con el siguiente paso
Escribe tres acciones pequeñas para los días siguientes: un bloque que revisar, diez preguntas que repetir y una regla de tiempo que probar. El simulacro solo termina cuando esas acciones aparecen en la agenda.
Guarda el resultado junto a la fecha y la convocatoria de referencia. Con el tiempo tendrás un historial que te permitirá ver patrones sin depender de cómo recuerdas cada sesión.
