Reconocer dónde está una función no significa poder encontrarla y usarla cuando el ejercicio empieza de cero.
Ofimática engaña porque ver cómo alguien resuelve una tarea produce sensación de claridad. Sigues el tutorial, reconoces los menús y piensas que podrías hacerlo. Cuando abres el programa sin ayuda, tardas en encontrar la opción o encadenas pasos que no llevan al resultado.
La diferencia está en practicar la decisión, no solo el recorrido. El ejercicio debe empezar con un archivo o una situación y una meta concreta. Qué necesitas conseguir, qué función elegirías y cómo comprobarías que el resultado es correcto.
Trabaja por familias de tareas. Formato, tablas, filtros, fórmulas o documentos. En cada tanda cambia un dato y obliga a buscar de nuevo. Si siempre sigues los mismos clics, memorizas la ruta, no la herramienta.
Cuando falles, escribe el punto exacto en que te bloqueaste. No vale poner no me sale. Anota si no sabías qué función elegir, dónde estaba, qué paso faltaba o cómo validar el resultado. Esa precisión te dice qué ejercicio repetir.
Para la próxima sesión, cierra el tutorial y resuelve cinco tareas con tiempo. Después explica en una frase qué función has usado y por qué. La práctica empieza cuando ya no tienes a alguien delante indicándote el siguiente clic.
